Pequeño Demonio - Rossiel Black





Conservó su típica mirada desdeñosa, aquella que usaba habitualmente para decir sin mover los labios “Me importas una mierda.” Las personas que le rodeaban, desde pequeño, desde que pudo abrir los ojos y ver el mundo, no… desde mucho antes, desde que se encontraba en el vientre de esa mujer, desde que se enterró como una semilla en las entrañas es que fue siempre repudiado. Pero claro, las personas sabían interpretar muy bien su papel, nunca demostraban ese sentimiento de asco.
Se reclinó sobre la silla, era demasiado dura para su trasero tan reblandecido, por un momento reconsideró el permanecer de pie, pero al poco tiempo desistió de esa idea, su ego no era tan extendido como para admitir que no se hallaba agotado después de dejar los pies en la calle, todo el día de aquí para allá, era imposible. De todas maneras, no sentía sus nalgas, lo único que sentía o más bien parecía, era que su cuerpo se mantenía levemente suspendido por las dos estacas de huesos de culo, le lastimaba el material del asiento en cuestión.
De pronto, vio al Doctor acercarse hacia él con el rostro serio, compungido, se le notaba el esfuerzo que hacía mentalmente buscando las palabras correctas para no herirlo, pero muy en el fondo, detrás de esos brillantes y profundos ojos verdes había una risa compulsiva. Aparentemente la vida era un chiste así como la mismísima muerte. Él se paró raudamente y aparentó preocupación mientras ayudaba a extirpar las distancias entre ambos, quería que le diera la noticia que había deseado tanto años pronto, tan pronto como fuese posible para salir y enfiestarse en la siguiente avenida. Las emociones son como bloques de dolor, de alegría, odio, entre otros, al final el más consistente imperaba sobre las demás. Lamentablemente él, carecía de bloques como aquellos, él estaba lleno de rencor y repudio, solo eso, lo demás no importaba demasiado.
─−Su madre a muerto… ─−el Doctor bajó la cabeza, de alguna forma trataba de pedir disculpas por no haber hecho todo lo que estaba en sus manos. Se giró sobre sus talones y echó a andar hasta la siguiente habitación para ver a otro paciente importante.
Él se quedó pálido, baquiando como un pez ante la noticia, con los ojos inyectados en sangre y empinados hacia el exterior, las manos apretadas en puño hasta sentir que la sangre abandonaba los huesos, el pulso disparado, el corazón latiéndole a mil por hora, incapaz de comentar.
Así permaneció alrededor de cinco minutos, en la misma pose, mostrando levemente los dientes apretados, la mandíbula estaba tensa hasta el punto de que los huesos del cuello sobresalían considerablemente.
Nunca, nunca en toda su vida le habían dicho algo tan excelente, hasta se le antojó romántico y creyó sentir un leve cosquilleo en el estómago por ese hombre que acababa de darle la noticia. Así mismo comprendió que era el efecto de la felicidad instantánea, no cabía en sí mismo de gozo. Desde hoy, sería libre, desde hoy… celebraría el día de la independencia

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